YALDABAOTH: El Dios Impostor

Las cosmogonías son relatos míticos que intentan relatar el origen y la evolución del universo.

Muchos de estos relatos míticos han nacido en el seno de las más remotas civilizaciones, cada una de ellas comprende diversos esquemas de creencias en las que basan dichos relatos.

Por lo general, la mayoría de cosmogonías aseveran que el generador del Mundo y del Universo ha estado a cargo de un ser o una entidad creadora, la cual pasa a ser considerado, por antonomasia, un Dios.

En torno a estos relatos míticos y a ese Dios cosmogónico, se han creado a lo largo de nuestra historia sendas filosóficas y religiosas que defienden distintas doctrinas y creencias.

Para los gnósticos de la Antigüedad griega, existía una entidad generadora de la materia y de los mundos, los cuales, consideraban imperfectos y, a tal criatura, un ente avieso y ególatra, esta entidad la llamaban Yaldabaoth o el Demiurgo, una especie de artesano cósmico que robaba la energía creadora de una fuente primordial para impulsar la creación del Universo, sin embargo, era inconsciente de esto y se vanagloriaba de ser él el único creador del mundo y del cosmos sin serlo en realidad.

En la religión judeocristiana también hay un Dios creador del Mundo, del Hombre y del Universo, a este Dios la tradición le ha llamado Yahveh a partir de la transliteración del tetragrámaton YHWH, también Jehovah es el nombre recurrente para esta entidad que para  varios autores religiosos a lo largo de la historia, debido al cruento comportamiento de Yahveh en el Antiguo Testamento, ha sido asimilado con el Demiurgo de los gnósticos, un demonio, un tirano cruel e iracundo, un ángel malvado, la fuente de toda maldad.

Sin embargo, hay que hacer hincapié, que muchos de los autores como Marción de Sinope, Apeles, el profeta Maní y muchos otros como los cátaros, critican solo el concepto de dios que se encuentra en la Biblia Hebraica el cual esta en obstinada contraposición al Dios Verdadero que observan en el Nuevo Testamento.

sin embargo, muchos autores condenan a la deidad entera del judaísmo, el cristianismo y el islam

Los autores afirman sus críticas al hacer referencia a ciertos pasajes en la escritura bíblica describiendo acciones de Dios las cuales dicen, son malvadas o diabólicas. Muchos de los autores han sido castigados severamente por sus escritos e incluso han sido asesinados.

Cuando Sophia profirió aquel terrible grito al exterior del Pléroma, sin participación de su Eón gemelo y aislada del núcleo del Principio Primordial, se creó otro logos completamente inferior al que se había suscitado en el seno del Pléroma, al haberse prorrumpido este grito en el espacio positivo de la mate-ria, pero bajo estas deplorables condiciones de aislamiento, el logos resultante, se convirtió en un esperpento, en una monstruosidad, un aborto abyecto sin forma definida, con los elementos abigarrados del Caos, ahora materializados en una inteligencia verdaderamente aislada y separada del Principio Originario, que no comprendía en absoluto su propia manifestación y mucho menos la del Pléroma e incluso la del Vacío en el que ahora habitaba.

Sophia, avergonzada de su obra, escondió este adefesio bajo una nube gaseosa de la virgen galaxia, y pidió clemencia al Principio Primordial para retornar al cauce del Caos; todos los demás Eones intercedieron por ella y el Caos la reabsorbió y la integró a su sustancia.

Aquel engendro amorfo se desarrolló en el exterior en medio de la vacuidad, ignorante de su propio estado y del vacío que le rodeaba, no conocía cómo había llegado allí, ni tampoco quién o qué era su madre o su padre, aunque como sabemos adolecía de este último puesto que fue concebido por medio del logos maldito de Sophia, la cual, en un momento de debilidad, creyó que podía emular el primer grito proferido.

De todos los atributos virtuosos que pudo haber heredado de su madre Sophia, Yaldabaoth, el hijo del Caos, sólo recibió la fragilidad y el yerro que Sophia había cometido, lo que se reflejó en su talante, en el cual sólo anida la soberbia, la altivez, el orgullo, la arrogancia y la prepotencia. Pues Yaldabaoth, al sentirse solo en medio de la vacuidad, asumió que se había autogenera-do, y que toda la vacuidad que le rodeaba era el oscuro lienzo donde debía obrar, no obstante, Yaldabaoth era ciego e ignoran-te y no tenía ni idea de cómo o qué debía obrar en aquella estepa astral; así que se dedicó a vagar sin rumbo y sin saber que hacer por toda la extensión del vacío.

Sin embargo, alguna vez, después de tanto surcar la vacuidad, encontró el rastro luminiscente de Sophia, una estela cósmica que se había producido justo por donde había sido reabsorbida antes de volver a la antimateria, pues al ser ella un Eón perteneciente al Pléroma, y al salir al exterior, al mundo de las manifestaciones, dejo una especie de registro akásico en el que se hallaba el germen del Pléroma, este germen se inoculó en Yaldabaoth y al residir un ente inmaterial en la materia, en vez de contraerse y replegarse a sí mismo, tenía la capacidad de producir y crear. Fue de este modo como Yaldabaoth pudo ver y conocer y proyectar la luz que ahora iluminaba el vacío.

Con la chispa de la Sabiduría que por azar se había transmitido al torpe Yaldabaoth, éste pronto se dio cuenta que podía obrar y moldear la materia según su pensamiento.

En realidad, si no hubiese sido por esa chispa nada hubiera podido obrar, pues el contenido inmortal del Pléroma estaba ahí en esa sola chispa y de ningún modo en su materialidad amorfa.

Cuando Yaldabaoth se hizo consciente de este nuevo poder adquirido por mera casualidad, comenzó a ensayarlo y viendo que podía reunir partículas y aglomerarlas formando una masa de materia, pensó que podía elaborar cualquier cosa con ella.

Pero no habiendo nada en su pensamiento ni a su alrededor más que él mismo y la vacuidad, se decidió por ensayar en crear primero un cuerpo parecido a él, y ya que su cabeza iluminaba con un destello intenso, que en realidad solo era la chispa ab-sorbida de la estela dejada por Sophia, comenzó elaborando un cuerpo fulguroso de aquella masa matérica que podía aglomerar; en su intención estaba grabado la ansiedad de replicarse, quizá buscando un ente correspondiente o hasta muy probable-mente una compañera, pues, sabido es que, a pesar de que su procedencia no era pura, la chispa de Sophia que residía en él sí comprendía el estado dual de donde provenía.

De este modo el primer cuerpo celeste que creó en la vacuidad fue un sol incandescente, replica de la luz que él mismo emanaba de su madre Sophia, luego, al observar que tuvo éxito crean-do este sol, por la intuición del concepto de dualidad que tenía, seguidamente ensayó realizar un cuerpo correspondiente al sol que había creado, y de este modo creó un cuerpo opuesto al fuego, y aglomeró menos materia y confeccionó así una Luna que inmediatamente se puso en órbita al lado opuesto de su contrario. Este conjunto opuesto del Sol de Yaldabaoth se llamó Asherah.

De este modo, Yaldabaoth siguió ensayando el poder de creación que había descubierto y creó diversos planetas y otros cuerpos celestes más pequeños, pues, intentando aglomerar la energía proveniente de la chispa que había robado de su madre, mu-chas veces fracasaba y quedaban estos puntos fulgorosos y titilantes desperdigados en el hasta entonces oscuro lienzo del vacío, estas pequeñas chispas pasaron a llamarse estrellas.

Así, entre ensayo y error, Yaldabaoth creó tantos planetas y astros en el cielo que generó galaxias enteras y múltiples universos con características similares entre sí.

Sin embargo, alguna vez se cuestionó ¿cómo podía crear seres que pudieran moverse por sí solos tal y como él mismo lo hacía y no por las fuerzas que pululaban en el espacio, resultado de la misma energía creadora de la que él se servía?

Este cuestionamiento rondaba en todo momento en su pensamiento, de manera que ensayaba sin cesar, acumulando energía y materia y proyectándola al mundo fenoménico de diversas formas, de estos experimentos, solo pudo crear cuerpos celestes que tenían movimientos por sí solos como los cometas, o así lo parecía, pues, en realidad lo que sucedía es que salían expelidos del lugar donde él los había originado , debido a la acumulación exagerada de energía que cargaba al intentar hacer un ser animado.

Pronto le llegó la frustración, y la desesperación se apoderó de él, y sin querer, replicó el origen de sí mismo, ya que profirió un grito inmenso que resonó como un trueno o el rugido de un león y este grito se hizo eco en todas las galaxias y mundos que había creado y de su aliento surgieron nuevos elementos que tenían la capacidad de moverse por sí solos y además estaban provistos de inteligencia, sin embargo, carecían de cuerpo físico.

Estas nuevas criaturas fueron llamadas “elementales”.

Los primeros elementales no tenían forma ni materia, sus características eran totalmente etéreas, debido a que nacieron de un estruendo, de un grito sin sentido alguno, eran hijos de la frustración de Yaldabaoth.

Al darse cuenta el creador de estos seres etéreos provistos con la capacidad de moverse por sí solos y con “inteligencia” propia, ensayó proferir un nuevo rugido, aunque esta vez un poco más articulado, de allí nacieron nuevos elementales, pero ya con cierta forma, aunque seguían carentes de materia.

Inmediatamente, al observar el resultado, volvió a lanzar un rugido más articulado, el nombre que gritó fue la onomatopeya de su propio rugido y que casualmente era similar al nombre de las ondas surgidas del Pléroma, así, rugió: AA-EE–OO-N.

Fue de este modo como Yaldabaoth se dio cuenta que a través del verbo podía obrar. Y que sólo necesitaba articular lo que la voluntad le pedía para hacer una creación con movimiento propio y con cierta comprensión, aunque siempre atada a él, desde ese entonces se consideró el hacedor, no solo de los mundos, sino también de los seres que lo poblarían.

Autor: E. J. Ríos

VERSIÓN EN VÍDEO DE LA ENTRADA

El Demiurgo Impulsador de la Nueva Creación Nefasta

El Demiurgo, el impulsador de esta nueva creación nefasta, se propuso crear centenares y millares de estos elementales, según las formas y requerimientos que proyectaba en su volun-tad, de este modo creó miríadas de seres etéreos a los cuales iba dando rango, deberes y propósitos, siempre encausados en su beneficio y en su orgullo, así creó una primera jerarquía integrada por serafines, querubines y ofanines, estos espíritus estaban encargados de sostener el trono que construyó para sí y además podían conocer de primera mano sus decisiones o acciones.

Con esta gran oleada de seres etéreos, se propuso entonces organizar lo que desde entonces se llama Universo material, de este modo comenzó el Cosmos a tener la estructura y la configuración que rige desde aquellos tiempos verdaderamente arcaicos mas no primordiales, pues, como ya se ha expuesto, hubo elementos mucho más antiguos a los que realmente se les podría llamar Principio y no a este ser nefasto que comenzó toda una cosmovisión sin tener verdadera conciencia ni verdadera potestad de lo que obraba.

Entre sus ministros seráficos y querubines empezaron a hilvanar nuevas ideas para poblar los mundos ahora ordenados y configurados, querían entonces fraguar un ser que también se constituyera de materia como las bolas de fuego y planetas que hasta entonces había podido crear.

Sin embargo, el Demiurgo ni ninguno de sus hálitos, comprendían el misterio real de la vida, es decir, no eran capaces de emular siquiera el Principio creador aquel que dotaba de inteligencia a sus propias emanaciones, pues, las emanaciones del Demiurgo no tenían sentidos propios, eran simples réplicas que manifestaban diversos caracteres de sí mismo, constituían principios animados, sí, y con movimientos propios, pero ca-rentes de inteligencia y emociones individuales, ya que eran proyecciones astrales de Yaldabaoth emergidos de diversas facetas de su voluntad, y es por ello, que le eran incondicional-mente obedientes, pues todos ellos eran parte de él mismo.

El Demiurgo, y sus diversos caracteres, diversificado ahora como un séquito, procuraban resolver ese misterio: intentar que la nueva creación no sólo pudiera moverse por sí misma, sino que también pudiera razonar por sí misma.

Ya había develado que con su soplo podía crear en un plano astral “seres animados” aunque carentes de cuerpo, conciencia e inteligencia propias; ahora se proponía darle forma a la materia e insuflarla con su aliento para ver si de este modo cobraba vida y podía moverse por sí sola y que además respondiera, individualmente, a los estímulos de su propia voluntad y que no partieran sólo de la voluntad del Demiurgo.

Fue así como comenzó a ensayar modelando diversas materias creadas e iba insuflando cada una con su aliento, pero poco o ningún resultado favorable salía de su experimentación con la materia, pues, la materia en sí misma es inerte.

Sin embargo, alguna que otra materia sí llegó a responder a las insuflaciones del hálito de Yaldabaoth y así pudo crear diversos seres animados que también respondían a sus mandatos sin cuestionarse nada, estos seres se les llamaba Daemones, pues participaban de la materia y del hálito del Demiurgo; por lo tanto, fueron aprovechados más adelante como mensajeros de uno y otro elemento, es decir, de la materia a lo etéreo y viceversa.

Una de estas materias que reaccionaban favorablemente al aliento del Demiurgo era el humus, un elemento viscoso que tenía propiedades germinativas en sí mismo puesto que había quedado expuesto a la luz e influencia de Asherah, el carácter femenino de Yaldabaoth.

De este humus, el Demiurgo elaboró un ser parecido a sí mismo, pero sólo en su constitución serpentina, esto fue sólo la médula de ese ser y las primeras cortezas de su cerebro que eran completamente primitivas y obedecían a los impulsos generativos de su propia constitución, y como los Daemones, también eran un híbrido de materia y “alma” como pasó a llamarse en este ser el aliento insuflado por Yaldabaoth.

Así constituido, este ser reptiliano, a semejanza del Demiurgo, podía moverse y reptar por sí mismo, además podía aceptar órdenes de su creador y era tan obediente como las otras entidades hasta ahora creadas, que como sabemos, no eran más que multiplicación, en diversas formas, del mismo Demiurgo.

Yaldabaoth en el fondo sabía que sus criaturas no eran más que emanaciones de él mismo, y por ello no estaba del todo contento de las que hasta ahora había creado, pues, deseaba, desde un principio, crear una criatura individual, que no sólo participará de su propia constitución, sino que generara pensamientos propios y actuara con voluntad propia. 

El Demiurgo, al observar a esta criatura, tan parecida a sí mismo, reptando y desorientado en el suelo en el que le dio forma, recordó su propio origen, es decir, cuando estuvo vagando ciego en medio de la vacuidad sin conocer el modo de obrar.

De este modo, resolvió ir nuevamente hasta donde estaba la es-tela de Sophia, pues pensó que encontrado ese registro akásico de nuevo, quizás podría inocularlo en su nueva criatura y así, está podría tener conciencia, razón y voluntad propia, tal y como la obtuvo él en un principio.

El rastro de Sophia aún pululaba en el límite entre el Pléroma y la vacuidad, pues, la esencia de cualquier Eón es imperecedera. Yaldabaoth reconoció este maná y se las apañó para recolectar toda la esencia divina de Sophia y trasladarlo hasta la Tierra, que era el planeta donde había dejado plantada su nueva creación, sin embargo, al regresar, se dio cuenta que estos seres ya no estaban en la faz de la Tierra, pues, al tener movimientos propios, y al estar ciegos y desorientados como el propio Yaldabaoth en sus inicios, muchos se sumergieron en las aguas del planeta, otros, se enterraron y algunos otros dejaron su corporeidad y se instalaron únicamente en el plano astral, desde estos lugares se creó la raza llamada: reptiliana.

No obstante, esto no desmotivó al Demiurgo, todo lo contrario, le pareció un indicio de que podía funcionar el nuevo experimento que se proponía llevar a cabo con estas criaturas, así, nuevamente tomó humus y le insufló su aliento, y esta vez, casi de inmediato, este cobraba vida y se configuraba tal como la raza reptiliana anterior, con cuerpo y mente de serpiente y con un alma vacía de espíritu.

 A continuación, el Demiurgo, decididamente, se propuso a experimentar, entonces él mismo moldeó del humus una nueva figura que pudiera sostenerse en pie sobre la Tierra, le insufló su aliento y esta pudo moverse y actuar como las criaturas anteriores, en su constitución interna era idéntica a las reptilianas, pero externamente Yaldabaoth puso sobre ella la constitución y la forma de la luz de las estrellas, así, la nueva criatura tuvo cuatro extremidades y una punta que se elevaba hacia el plano astral llamada cabeza, pues era la que coordinaba todas las demás partes, seguidamente, el Demiurgo tomó una chispa del registro akásico de Sophia, que en esta criatura pasó a llamarse “espíritu”, y lo inoculó en ella, y esta, casi de inmediato, como si despertara de un sueño, comenzó a dar muestras de inteligencia y voluntad propia.

Lo primero que esta preguntó fue:

 ― ¿Qué soy?

Y el Demiurgo le contestó:

 ― Eres un humano, ya que fuiste creado a partir del humus.

Seguidamente preguntó:

 ― ¿Y quién soy?

Con esta pregunta Yaldabaoth se maravilló, puesto que se dio cuenta que evidentemente había creado una criatura distinta así mismo, que no era una proyección de sí mismo al que podía imponer rangos o jerarquías para que se encargase de sus asuntos, sino que preguntaba por su propia identidad, una identidad aislada de él.

Cuando se recuperó de su asombro pensó qué nombre le daría a su criatura, y le puso el más sencillo.

Le dijo:

― Eres Adán, ya que fuiste creado de esta tierra roja como tu sangre.

La criatura observó su morfología y veía la de Yaldabaoth la cual observaba como un Sol resplandeciente que le hería la vista y le preguntó:

― ¿De dónde vengo? ¿Eres tú mi creador?

Estas preguntas enorgullecieron al altivo Yaldabaoth y entonces le contestó:

―   Vienes de las estrellas y yo soy tu creador y tu Dios, es a mí quien debes obediencia, pues soy tu Padre y el único ser pre-existente de todo cuanto hay, con mi sólo poder te he creado y todo lo que te rodea, el planeta en el que habitas y todos los demás que existen, todos los soles y astros y todas las constelaciones de estrellas y galaxias. Soy yo el único Dios que rige el Universo, creador de todas las criaturas de este plano físico y de los planos superiores que existen aquí en la Tierra, así como las que existen fuera de este plano y en otras galaxias del Universo el cual también he creado. De manera que debes inclinarte ante mí que soy tu creador y te he dado la vida, a mí, y a nada ni a nadie más debes tu existencia. Se temeroso de tu creador y obedéceme en todo lo que te diga y te proporcionaré felicidad eterna en este paraíso en el que habitas y que he confeccionado exclusivamente para ti.

Entonces Yaldabaoth creó otros seres vivientes para poblar el Edén y dejó su criatura allí, observándola con entusiasmo, pero le guardaba también cierto recelo.

Adán, por su parte, aceptaba y reconocía al Demiurgo como su creador y su Dios, y moró tranquilamente en el vergel en el que fue colocado, en este jardín prosperaron diversos seres vivientes en forma de animales y plantas, y fue el padre de la humanidad quien se encargó de otorgarle nombres a cada especie que veía, sin embargo, en el mundo de las manifestaciones, también se desarrollaban prodigios fuera de la supervisión del Demiurgo, de hecho, el mismo Adán , en esencia, era uno de estos prodigios que sólo debía el impulso creador a Yaldabaoth y no su ser interno, es decir, su espíritu, pues éste provenía de lo más alto. Asimismo, en la Tierra crecían manantiales que eran elíxires que manaban directamente del flujo del Pléroma, también hubo espíritus en los bosques que eran vigilantes de este lugar y que eran completamente invisibles e incognoscibles tal como es el Principio del que participaban; de igual modo, se desarrollaron en el Paraíso plantas con propiedades mágicas, pero resaltaban especialmente, dos árboles que ofrecían, a través de su fruto, el Conocimiento, la Verdad y la Vida cosas que sólo podía con-ceder el Dios Verdadero. El Demiurgo bien pudo conocer es-tos prodigios, y procuró esconderlos o bien camuflar sus secretos.

Adán recorría el vergel pacíficamente, aunque algo dentro de sí comenzaba a angustiarse: era su espíritu al verse aprisionado en la materia. Sin embargo, intuitivamente, también se despertó en él el deseo de tener una contraparte. Pues, sabido es que incluso el Principio de todo tiene emanaciones positivas y negativas y es de naturaleza dual.

Esta intuición que contrarrestaba al espíritu, el cual es el centro de la conciencia y de la razón; despertó el córtex reptiliano que también hacía parte de él, esta activación primitiva en su cerebro, atrajo a las criaturas serpenteantes que habían resultado de la primera experimentación de Yaldabaoth en su afán de crear un ser con movimiento y pensamientos propios.

Así fue como una entidad reptiliana de carácter femenino abordó a Adán, ciertamente esta entidad era partícipe de dos naturalezas, un ser híbrido que habitaba el plano astral pero también mantenía su cuerpo físico serpentino y, a pesar de no tener consciencia ni espíritu propio, pues era una emanación del mismo Demiurgo como todos los entes creados antes del hombre, comprendía un carácter aislado que más bien provenía de la emanación femenina llamada Asherah.

Se llamó Lilith, la nocturna, pues se le presentó a Adán en la fase de sueño, durante la noche, y mantuvo con él una unión apasionada en el plano astral el cual ella dominaba perfecta-mente, y de esta manera, ponía en sumisión a Adán; su fogosidad era violenta y temperamental, pues era un Daemon que no había recibido la gracia del espíritu.

Cada noche que Lilith se unía con Adán en el plano astral, daba como resultado la proliferación de cientos de Daemones que surgían de sus entrañas y que pronto se acoplaban a las sombras de ese mundo etéreo.

El Demiurgo se percató de este suceso, y de inmediato se cuestionó si acaso era posible que su criatura, que evidentemente era capaz de proyectarse astralmente y multiplicarse, también pudiera multiplicarse en el plano físico.

De este modo, inquirió a Adán sobre lo que sucedía, reprendió a Lilith y prometió al hombre digna compañera.

Así, aquel astuto artífice, recordando su propia escisión, tomó la parte femenina del hombre y creó su contraparte a la cual llamó hembra, pues lo que antes estaba unido, ahora lo separaba por artificio y tanto el hombre como la hembra compartían y encerraban en su cuerpo material el mismo espíritu, y su constitución física era ahora contraparte de la otra, el elemento masculino se encargaba de la creación en el plano inmaterial de un tercer principio y era portador del mercurio o semilla que era capaz de fecundar al principio femenino que a su vez era capaz de moldear y dar vida a otra criatura en el mundo de las manifestaciones y es por eso que la contraparte femenina de Adán se llamó Eva que quiere decir vida.

Sin embargo, todo este prodigio, resultaba estimulante y fascinante para Yaldabaoth y a su vez peligroso y desafiante, pues por un lado deseaba crear seres independientes que le alabaran como un Dios y construir así un imperio sobre la tierra y demás mundos por él impulsados; por otro lado, sabía que si Adán y Eva conocían la Verdad, perdería su estatus divino que había impuesto presentándose como un dios impostor, además, siendo el hombre tan similar a él, podía prescindir de su mandato y regirse por sí sólo; fue por ello que recelosa y tajantemente prohibió a la pareja divina comer del fruto del árbol que otorgaba el conocimiento y les develaría la Verdad.

Lo que, en efecto, sucedió gracias a la intervención de un ángel enviado directamente por el Dios Desconocido al mundo de la materia, a lo que el Demiurgo reaccionó con brutal saña desterrándolos del Paraíso y con ruin engaño logró que desistieran de la búsqueda de su propia divinidad.

Adán y Eva procrearon y tuvieron descendencia y de ésta surgieron diversas generaciones que poblaron en el futuro la Tierra.

Luego, Yaldabaoth, cambió su nombre presentándose como Yahvé o Jehová, que significa «el Dios de los ejércitos» ya que creó otras miríadas de elementales más: unos para que guardaran el orden del cosmos que había creado, otros para custodiar a las distintas razas descendientes de Adán y Eva, otras más para que salvaguardaran los hechos en los registros del tiempo. Y además dejó otra jerarquía inferior cercana al plano material que resguardaría los asuntos humanos desde sus nacimientos hasta sus muertes, obligándolos a encarnar mediante amedrentamientos e inculcándoles falsas culpas, éstos, recibieron los nombres de potestades, arcángeles y ángeles, que en realidad no son más que Arcontes que impiden el ascenso del ser humano al Pléroma, para que así el Demiurgo, en su vanagloria, pueda tener siempre adoradores y solazarse retirado como un dios impostor en su infame trono.

Autor: E. J. Ríos


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Arcanos de la Sabiduría

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