DIONISIO AEROPAGITA El Santo Decapitado

La iglesia, una institución, que, a manos de ciertos obispos y regentes, condenó muchas personas a las cuales las tachaba de “herejes”, es decir, a aquellos que eran contrarios a las líneas de pensamiento eclesiástico. Muchas veces, las excusas utilizadas para llevar a cabo juicios contra las herejías, era que el acusado en cuestión realizara “prodigios” o actos que se consideraran “fuera del orden natural”. Sin embargo, muchos eran los casos “prodigiosos” que, según se dice, se produjeron en el seno de la misma iglesia, casos tan increíbles, y muchos, incluso, rayanos en lo grotesco; que muy bien pudieron haber sido señalados como “hechicería” o cualquier otro cuño similar que la iglesia condenaba. No obstante, estos casos, dados dentro de la institución y llevados a cabo por sus ministros y adeptos, eran considerados “milagros”, puesto que, quienes lo ejecutaban, no se habían apartado de las sendas de la religión cristiana, y, por tanto, no eran considerados obras del Demonio, sino de Dios.

Tal fue el caso de Dionisio Areopagita, luego canonizado como mártir cristiano con el nombre de San Dionisio o San Denis.

Aunque, es necesario señalar, que en tiempos de San Dionisio, regía una autoridad anticristiana, su martirio se ejecutó bajo las órdenes del emperador Domiciano quien perseguía a la cristiandad que se reunía de manera clandestina, ya que estaba en boga la pluralidad de las religiones y sobre todo la de los cultos paganos; no obstante, sabemos que la historia daría un giro total, al arribo del poder de Constantino, quien inclinó la balanza a favor del cristianismo, y a partir de allí, éste, tomó auge y también una especie de venganza que duraría varias centurias.   

Dionisio el Areopagita fue convertido al cristianismo gracias al sermón de San Pablo en Atenas, y según las constituciones apostólicas, llegó a ser el primer obispo de Atenas. Los franceses también lo consideran el primer obispo de su país, sin embargo, esto, conjuntamente con el fondo de la autoría de los libros que se le adjudica, ha sido tema de diatribas durante años, pues, existen evidencias que los libros fueron redactados por un autor desconocido que usurpó el nombre del mártir para así conseguir relevancia en el mundo literario y eclesiástico. Los temas que trata están ceñidos e influenciados, en buena parte, por la filosofía neoplatónica, lo que, en lo sucesivo influyo en la mirada del mundo por la teología y sus dictámenes, por ejemplo, de la existencia del cielo y del infierno y sus correspondientes jerarquías, también, dio pautas al desarrollo de la mística cristiana.   


San Dionisio, llamado el Areopagita, el cual fue tenido por mucho tiempo como discípulo de San Pablo y de un compañero de éste llamado Hieroteo, completamente desconocido.

Se dice que el mismo San Pablo le consagró obispo de Atenas y refiere la vida de Dioniso que en Jerusalén fue a visitar a la Santa Virgen, y encontrándola bella y majestuosa, tuvo tentaciones de adorarla.

Después de regir la iglesia de Atenas bastante tiempo, fue a Efeso a conferenciar con San Juan el Evangelista, luego marchó a Roma a tener una entrevista con el Papa Clemente, y desde allí pasó a ejercer su apostolado en Francia. «Y sabiendo —dice su historia— que París era una ciudad rica, populosa y abundante, fue allí a edificar una ciudadela para combatir con el infierno»

Muchísimo tiempo se creyó que fue el primer obispo que hubo en París. Harduino, que es uno de sus historiadores, dice que en París lo expusieron ante las fieras, pero que él les hizo el signo de la cruz, y las fieras se postraron a sus pies. Los paganos de París, al ver que salió ileso, lo arrojaron a un horno encendido, del que también salió fresco y en perfecto estado de salud. Lo crucificaron, y ya enclavado, se puso a predicar desde lo alto del cadalso.

Le volvieron a la cárcel con sus compañeros Rústico y Eleuterio. En ella dijo misa, sirviéndole de diácono San Rústico y de subdiácono San Eleuterio. Por fin llevaron a los tres a Mont Martre, donde los decapitaron, y después de decapitados, ya no volvieron a decir misa.

Pero según dice Hardunio, sucedió un gran milagro: el cuerpo de San Dionisio se puso en pie, y cogió su cabeza con las manos; los ángeles le acompañaron cantando: Gloria tibi Domini Alleluya y como el primer paso es el que cuesta, una vez puesto a andar, el santo decapitado, llevó su cabeza hasta el sitio en que se fundó una iglesia, que es la famosa iglesia de San Dionisio.

Metafrasto, Harduino, Hincmar, obispo de Reims, dicen que le dieron martirio a la edad de noventa y un años; pero el cardenal Baronio prueba que tenía ciento diez, y así lo aseguró también Rivadeneyra, sabio autor de la Flor de los Santos.

Se le atribuyen diecisiete obras, de las que desgraciadamente se han perdido seis: las once que se conservan las tradujeron del griego Juan Escoto, Hugo de Saint-Victor, Alberto el Grande y otros sabios ilustres.

Verdad es que desde que se introdujo en el mundo la verdadera crítica, se ha convenido en que todos los libros atribuidos a Dionisio los escribió un impostor el año 362 de la era cristiana.

Promovió una pequeña cuestión entre los sabios lo que refiere a la vida de San Dionisio un autor desconocido. Afirma el referido autor que el primer obispo de París, estando en la ciudad de Dióspolis, en Egipto, a la edad de veinticinco años, cuando no era cristiano todavía, presenció con uno de sus amigos el famoso eclipse de sol que sucedió al morir Jesucristo, y que gritó en griego: O Dios padece, o se aflige porque muere.

Esas palabras las interpretan de distinto modo diferentes autores; pero desde la época de Eusebio de Cesarea, se supone que los historiadores llamados Flegón y Tallus mencionaron ese eclipse milagroso. Eusebio cita a Flegón, pero no conservamos las obras de éste. Decía en ellas, según se asegura, que se verificó ese eclipse el cuarto año de la olimpiada doscientas, que debe ser el año dieciocho del reinado de Tiberio. Se dan sobre esa anécdota muchas lecciones, pero sabemos desconfiar de ellas, porque nos falta saber si se contaba todavía por olimpiadas en la época de Flegón, lo que es muy dudoso.

El jesuita Greslon sostiene que los chinos conservan en sus anales el recuerdo de un eclipse que se verificó por aquel tiempo contra todas las reglas de la naturaleza. Y dicho autor y otros suplicaron a los matemáticos de Europa que formaran el cálculo de dicho fenómeno. Fue cosa chocante pretender que los astrónomos calcularan un eclipse que no era natural. Por fin quedó demostrado que los anales de China no hablan de semejante eclipse.

Resulta de la historia de San Dionisio el Areopagita, del pasaje de Flegón y de la carta del citado jesuita, que los hombres tienen empeño en imponer sus opiniones; pero la multitud de mentiras que difunden, en vez de perjudicar a la religión cristiana, sirven, por el contrario, para probar su divinidad, ya que, a pesar de ellas, aún subsiste.


Circa 1740, Portrait of Voltaire (1694-1778). French writer and philosopher. Born Francois-Marie Arouet, a brilliant wit, his histories ‘Henry IV’ and ‘Louis XIV’ and political writings ‘Philosophical Letters’ and ‘Philosophical Dictionary’ made him famous, His ‘Cand (Photo by Stock Montage/Getty Images)

Tal era la opinión y la reseña biográfica que Voltaire nos ofrecía de este mártir cristiano en su Diccionario Filosófico.

Ya nos adelanta varias cuestiones en cuanto a su enigmática y confusa figura, de la que la iglesia se valió para considerarlo señero en muchos de sus postulados actuales.

La cuestión más debatida, sin embargo, ha sido la de la autoría de los libros escritos supuestamente por él, aunque, al parecer, se ha comprobado que pertenecen a una mano anónima que firmó con su nombre para asegurarse que sus escritos pasaran a la posteridad.

A este autor, por falta de datos sobre su biografía, se le conoce bajo el nombre de Pseudo Dionisio Areopagita. De él sólo se sabe que vivió en Siria o en Egipto entre los siglos V y VI después de Cristo.

Aunque, por algunos rasgos de sus obras parece proceder de Siria y haber escrito hacia los 20 o 30 años de edad, situándolo alrededor del 500 después de Cristo.

Sus obras, algunas de las cuales aparecen como dirigidas a Timoteo, Tito, Policarpo y aún al mismo apóstol San Juan, fueron ya reputadas apócrifas por un obispo oriental de la primera mitad del siglo VI; pero hasta el siglo XVI no se volvió a discutir sobre este tema.

Los tratados que se le atribuyen son:

  • Sobre los nombres de Dios, donde se investiga la esencia y los atributos divinos.
  • Sobre la teología mística, en que se trata de la unión del alma con Dios.
  • Sobre la jerarquía celestial, que versa sobre los ángeles y su agrupación en tres tríadas con tres coros cada una (la primera, está compuesta de serafines, querubines y tronos; la segunda, de los coros de las virtudes, dominaciones y potestades; la tercera, de principados, arcángeles y ángeles).
  • Sobre la jerarquía eclesiástica, en que haciendo un paralelismo con aquellas tríadas se habla de tres sacramentos, de tres grados en el orden sacerdotal y de tres grados en los laicos, uno de los cuales, el de los imperfectos, se divide de nuevo en otros tres.

Su pensamiento puede dividirse en dos corrientes:

La teología mística

La cual corresponde a una revelación secreta. Es el grado supremo del conocimiento de Dios. Entre más sea elevado el conocimiento que se tenga de éste, menos será posible expresarlo por medio de palabras; de este modo, la elevación hacia Dios, es pues, una elevación que ocurre de manera silenciosa y en la oscuridad, por ello decía: «Estando sumergidos en la oscuridad, más allá de todo entendimiento, encontraremos no solamente la insuficiencia de palabras, sino también la ausencia total de éstas y de la comprensión»

La teología simbólica

Es el grado inferior de la teología. Examina las expresiones que contemplan problemas en la experiencia de las cosas sensibles por ser correspondientes a Dios; así, la biblia habla de la “cólera de Dios”, de la “locura divina”, del “sueño de Dios”, de los “celos de Dios” y muchas otras contradicciones. Según él, el símbolo es una imagen que se remite más allá del mismo. Permite hacer lo invisible visible y decir lo indecible.

Por otro lado, el Pseudo Dionisio, estima que la “teología negativa” es mucho más perfecta que la “teología catafástica” o positiva. En la teología negativa se hace aproximación a Dios por la negación de lo que se le atribuye pero que en realidad no lo concibe, es decir, según esto, podemos conceptualizar lo que Dios no es y no lo que Dios es.

Hemos ascendido el escalafón de las criaturas para notar, en cada nivel, que el Creador no se halla en ninguno. Dionisio usa la imagen del artista y la estatua para ilustrar esto: a partir de un bloque de mármol, el artista procederá obstinadamente para lograr cincelar la imagen que se representa en su imaginación, pero esta imagen surgida del bloque de mármol, no es, en esencia, lo que se hallaba plasmado en ésta, sino sólo una representación de la misma.  Así, en su tratado La teología mística, en el capítulo 4, escribe: «Por lo tanto, decimos que la causa de todas las cosas, y que está más allá de todo, no está sin esencia, sin vida, sin razón, sin inteligencia y que no es un cuerpo No tiene forma, ni higo, ni calidad, ni cantidad, ni masa. No está en ningún lugar. No se ve y no puede ser captado por los sentidos. No es percibido por los sentidos y no es perceptible para ellos. Ella no conoce ni el desorden ni la agitación, no le molestan las pasiones materiales.


Según la interpretación clásica heredada de los grandes comentaristas escolásticos del Pseudo Dionisio, la teología negativa y la teología afirmativa son complementarias. Cuando afirmamos algo sobre Dios, debemos decir de inmediato que no es cierto: «El símbolo solo puede encontrar su significado si se purifica por negación que, de alguna manera, descubre el significado cortando la pulpa de la fruta para revelar su semilla”. De este modo, la trascendencia de Dios es verdaderamente íntegra. Para David Bradshaw, sin embargo, esta interpretación no debería hacernos olvidar que las vías catafáticas y apofáticas (positiva y negativa) eran para el Areopagita «un medio de ascenso a Dios», antes de ser «un instrumento semán-tico para aclarar las limitaciones del lenguaje teológico.»

La influencia del Pseudo-Dionisio se extendió por todo el mundo griego durante los tres siglos posteriores a su muerte.

El corpus dionisíaco es una de las tres grandes corrientes filosóficas y espirituales que formaron el pensamiento del Occidente medieval, con la filosofía griega y la obra de San Agustín. El tratado de su «Teología mística» le valió a Pseudo-Dionisio el título de padre del misticismo.


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