LOS ESPÍRITUS ELEMENTALES

La idea de que los elementos constitutivos del universo corresponden a seres que personifican sus cualidades es bastante antigua y extendida.  Ya Filón de Alejandría, en el «De Gigantibus» afirma que «cada uno de los elementos contiene seres vivos adaptados a sus propias características» y que por consiguiente existen, además de animales terrestres y acuáticos, seres nacidos del fuego, que vagan en las partes más altas de la atmósfera; los del aire, que vuelan más bajo; los de la tierra, que viven en la superficie; los acuáticos y marinos; los subterráneos y finalmente los lucífugos, tenebrosos e invisibles.

Sin embargo, Paracelso, a quien escuchamos en la introducción, es el primero en sistematizar las creencias sobre los espíritus de los elementos, el cual expone en su “Tratado de los Ninfos, Silfos, Pigmeos y Salamandras” (Libro al que le dedicaremos una presentación aparte). Según él, se trata de seres que no descienden de Adán, aunque en mayor o menor medida tienen cierta semejanza física con los seres humanos. Los elementales se sitúan para Paracelso a medio camino entre la tangibilidad de los seres humanos y la impalpabilidad de los espíritus: son, en efecto, «ligeros como los espíritus, pero generan como el hombre, tienen su aspecto y siguen su régimen» O sea, que se trata de seres que, aunque viviendo como los espíritus, y viendo como ellos las cosas y el futuro, comen, beben y tienen el mismo metabolismo que los hombres. No tienen alma, pero sin embargo están sujetos a la muerte, al llegar la cual, nada de ellos sobrevive. He aquí por qué su más vivo deseo es adquirir un alma, cosa que pueden obtener casándose con un ser humano: en efecto, el sacramento del matrimonio es capaz de infundir en ellos un alma inmortal y de hacerlos por consiguiente plenamente humanos. Durante el resto de sus vidas sus ocupaciones son parecidas a la de los hombres: viven en sociedad, tienen leyes y jerarquías, trabajan, comen, hablan, sufren, están sujetos a las enfermedades como nosotros.

Existen cuatro especies de ellos, cada una de las cuales habita en su propio elemento: las Ondinas en el agua; los Gnomos en la tierra, los Silfos en el aire; la Salamandras en el fuego.

Para cada uno de ellos el propio elemento es tan fluido y permeable como para nosotros la atmósfera: así los Gnomos consiguen tranquilamente atravesar las rocas. Naturalmente, sin embargo, el tipo de ambiente ha condicionado su aspecto físico. Por eso cuanto más compacto es su elemento, tanto más exigua es su estatura., porque está sujeta a una mayor presión, y su conformación es fría y etérea. Por consiguiente, los Gnomos son los más pequeños e incorpóreos de los elementales, mientras que los Silfos, que se mueven como nosotros en el aire, son los más grandes y corpóreos; eso contrasta algo con la visión corriente, que hace que los Silfos y de sus esposas las sílfides, seres etéreos y evanescentes. Entre ellos los elementales viven una vida sexual normal, se acoplan y tienen hijos; a veces eso sucede también con los seres humanos. Cuando dan a luz a su prole, como pasa con todo ser viviente, puede ocurrir que el recién nacido presente rasgos deformes y monstruosos.

Los monstruos que nacen de los elementales son típicos para cada especie: los de los gnomos (a veces también llamados pigmeos) son los enanos; los de las salamandras se llaman chispas; los de las ondinas, sirenas; y los de los silfos, gigantes.  Estos monstruos tienen un objeto preciso en el plan general de la creación: el de hacer de guardianes de los tesoros.

Los seres feéricos tienen la característica constante de estar marcadamente interesados en los destinos de los hombres. Esta comunidad de intereses se evidencia a más niveles. Uno de ellos es el intercambio nupcial entre los dos reinos; es decir, sucede a menudo que se contraen matrimonios mixtos entre seres humanos y feéricos, casi siempre de sexo masculino los primeros y femeninos los segundos. Estas uniones vienen siempre condicionadas a que el exponente humano respete cierto tabú, tabú que inevitablemente es infringido, y eso provoca la desaparición de la esposa feérica.

Los seres feéricos desempeñan numerosas actividades prácticas en las cuales sobresalen y de las cuales, no pocas veces, hacen partícipe a los hombres. Prescindiendo de las hadas propiamente dichas, cuya habilidad en el telar se remonta a mitos muy antiguos, son hábiles en las tareas de la casa, en el mantenimiento de las granjas, en la preparación de los derivado de la leche como la mantequilla y los quesos, y también en ciertos oficios propiamente artesanos: tenemos hábiles herreros o zapateros, buenos mineros, excelentes constructores de barcas; entre las artes es decididamente la música donde alcanzan los resultados más excelsos, superiores a los de cualquier músico humano. Otra habilidad típica de ciertas especies es el conocimiento de las hierbas y de los remedios medicinales, evidentemente debida a la estrecha conexión entre las hadas y la Naturaleza.

Esta misma conexión ha llevado a ver en los seres que son símbolos de los elementos y en particular en los Gnomos y en las Ondinas, representaciones de los seres feéricos.

Ahora bien, La palabra hada procede del latín «fata», derivada a su vez de «fatum» el hado, el destino, que, en el medioevo, fue considerado una diosa. Igual procedencia tiene el término «fée» francés, del que se derivaron las palabras inglesas «fey» y «fairie», que han sufrido después variaciones en su ortografía: «fayerie» «fayre» y «fairy», No obstante, la palabra «faerie» hace referencia al mundo de las hadas como entidad, a un lugar geográfico, y es también un adjetivo para describir sus atributos, adjetivo que en español se convierte en feérico, como por ejemplo música feérica o de las hadas. Sin embargo, lo más común es designar con el nombre de hadas a ciertos seres diminutos, por lo general de especie femenina que habitan en este país.   

Se han propuesto varías teorías para explicar el origen de las Hadas. Algunos han pensado que derivan de la creencia  en la supervivencia del espíritu  de los difuntos; otros, que se trata de las almas de las personas muertas sin ser bautizadas, pero sin culpa, como por ejemplo los niños; otros, que son ángeles caídos, pero no lo bastante malos para merecer ser precipitados al infierno, y que por consiguiente permanecen sobre la tierra, como compañeros de viaje de la humanidad; o que son espíritus de la Naturaleza, herederos de las ninfas griegas que llenan cada rincón del mundo, en una especie de horror vacui cósmico, finalmente, según algunos antropólogos, la creencia en las hadas no es más que el recuerdo de razas anteriores al hombre que llegaron a convivir durante cierto tiempo con él.

Es por ello que, según Paracelso, las hadas y demás seres feéricos se nos aparecen de cuando en cuando, algunos son voluntariosos con nuestra raza y se proponen a ayudarnos, por medio de sus artes mágicas en cualquier asunto penoso o de dificultad que tengamos, e incluso, se dice que, duendes y gnomos, por ejemplo, se encargan de nuestras faenas domésticas, las cuales realizan sin ser percibidos o no mostrándose al humano abiertamente pero dejando, en cierto modo su presencia, y entablan con la casa humana en la que han decidido residir y con su dueño una especie de contrato tácito, en la que el duende se encarga de estas pequeñas tareas a cambio de la protección que le brinda la cálida estancia del humano y un poco de comida o cualquier otro pequeño requerimiento. Algunos, incluso pueden resarcirnos estos favores, brindándonos suerte o descubriéndonos algún tesoro escondido a condición que no lo atesoremos, sino que lo repartamos en nuestro mundo, este dinero, al provenir del mundo de las hadas, empero, se disuelve al cabo de cierto tiempo en nuestro mundo.

Por tanto, no siempre resultan ser seres benéficos de los que podemos fiarnos, pues, pueden ocasionarnos algunos problemas, como por ejemplo, hacernos incurrir en el engaño o solicitarnos cosas indebidas, muchos de ellos son espíritus burlones que se entretienen a costa de hacernos pasar malos ratos y, a veces, muchas de sus bromas pesadas pueden hasta costarnos la vida, es por ello que muchos son considerados perversos; las hadas y las ondinas, particularmente recurren a artificios audaces, valiéndose de su belleza, como es el caso de las sirenas, nereidas, náyades, dríadas o cualquier otro tipo de mujer encantada, las cuales embaucan a jóvenes varones, prometiéndoles amoríos y riquezas que luego resultan totalmente fatídicas, debido a que se rompe algún contrato previo entre el hada y el humano, como en la historia de Melusina; o simplemente son portadoras de misteriosos secretos que no debemos escuchar porque nos generarían la completa pérdida de nuestros sentidos, hasta generarnos la locura, tal como cuenta la historia de las sirenas con las que se topó Ulises y que tan magistralmente se narra en la Odisea por el bardo Homero. Incluso de las pequeñas hadas se dice que tienden a raptar a los recién nacidos humanos, sustituyéndolos por sus hijos, al parecer, esto se debe a que sus hijos nacen en condiciones endebles y enfermizas, entonces buscan con tal cambio, que una madre humana los amamante y les proporcione la salud que ellas no pueden proporcionarles, para realizar este remplazo se valen de su magia, para que el bebé feérico tenga la apariencia del bebé humano, incluso hay quienes dicen que lo sustituyen por un tronco o una piedra a la que le dotan de vida y la apariencia del niño raptado.

Sin embargo, a veces raptan también seres humanos adultos; particularmente matronas o hechiceras, con propósitos similares, también poetas, músicos, artistas o gente creativa y de mucha imaginación o con algún don especial; cuando estos vuelven luego con los hombres, al mundo real, se encuentran con una paradoja temporal indescifrable. En efecto, el tiempo, en el mundo de las hadas, transcurre bastante más lento que en el nuestro, por lo que los visitantes que allí penetran y allí se detienen, aunque sea por pocas horas, cuando vuelven se encuentran que aquí han pasado años, o incluso siglos.

Brian Froud & Alan Lee – Hadas

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Arcanos de la Sabiduría

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